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Paraje del Montecillo
 
 
 

 

 

Paraje del Montecillo

 

Nadie puede decir que ha estado en Arrancacepas, si no ha pasado una tarde –o mañana, o día- en alguna, o varias, de las numerosas cuevas del lugar.
    Es, con diferencia, junto con “las praeras” el monte más bonito del pueblo puesto que su orientación al noreste y su composición geológica le ha hecho destacar del resto de las montañas que circundan al pueblo puesto que, en este crece abundantemente la vegetación hallando en él innumerables aliagas, junquillos,  chaparros, pinos, chopos y una muy tupida capa de arbustos que hacen que el solo admirarlo produzca regocijo y esa buena presencia debió ser la que a nuestros antepasados les llevó a horadarlo cual queso gruyere y a construir las innumerables cuevas que lo pueblan, eso y el hecho de que el resto de los montes estén formados de una especie de roca rojiza que en el pueblo denominan “tosca” y que no hay “dios” que  pueda con ella, mientras las cuevas son relativamente fáciles de picar, aunque teniendo en cuenta las herramientas usadas por nuestros antepasados es más que meritorio lo que consiguieron, con el fin de servir de lugar de fabricación y conservación del vino de las numerosas viñas existentes, pues su temperatura constante en verano e invierno ayudan a la perfecta maduración y conservación de los caldos

   
 
 
Documentos conservados nos hablan de la existencia de casi cien cuevas, repartidas entre El Montecillo y la Gotea –estas últimas hoy inutilizadas-, sin contar las que se encuentran en el casco urbano, dentro de las casas.
 
 
 
El interior de las cuevas es muy similar, y se compone de la “caña” pasillo generalmente en línea recta de unos 6-8 metros de profundidad en cuyos laterales abombados se colocan las tinajas para la fermentación, el “jaraíz” especie de sala circular y abovedada a la que se entra desde la caña y que suele estar a más altura respecto del resto de la cueva. Es el lugar destinado al pisado de la uva cuyo mosto, a través de una hendidura o tubería ancestral, caía en una “pila” del que se recoge para echarlo en las tinajas. La “piquera” (agujeros negros elevados situados en el medio del cerro), es una especie de chimenea que servía de respiradero natural a la cueva por donde se expulsan los gases que producen la fermentación del mosto.
 
 
 
 
 
En el interior de las cuevas podemos encontrar multitud de tinajas de todos los tamaños, formas, lisas y con dibujos, pero lo más curioso es que muchas de ellas tienen una “panza” tan grande que no entran por la puerta lo que provoca la duda de pensar cómo se han metido allí.  
 
Aunque cada vez son menos los que elaboran sus vinos, son más los que disfrutan de las cuevas y no suele faltar la barbacoa y chimenea que deben ser usadas con cuidado para evitar incendios
 Vista del montecillo desde la Gotea
El exterior es quizá lo que más ha variado con el paso de los años. Hasta no hace mucho solo cuatro o cinco cuevas tenían una construcción exterior llamada “cocedero”, en la actualidad podemos encontrar construcciones de lo más pintoresco. Lo normal es que ante la puerta se abriera una explanada donde se merendaba.
Hay dos formas de visitar las cuevas, una de tarde y otra de mañana, pero no incompatibles. Lo más normal es ir a merendar a la cueva, antes se hacían fogatillas en el exterior donde se asaba carne con la que acompañar los caldos, ahora hay que llevar el “tupper” de casa pues al estar en el monte está prohibido hacer fuego.
Por las mañanas lo más normal es “ir a dar una vuelta por las cuevas hasta la hora de comer”, la gente se va encontrando de cueva en cueva y se van probando los diferentes caldos para ver quien es el mejor “químico”, se recomienda ir provisto de pan y algún trozo de pan o queso si no se quiere pagar la novatada.
 
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